miércoles, 25 de agosto de 2010

Arquitecto Oscar Hagerman


tomado de La Jornada
Elena Poniatowska/ I

El arquitecto Óscar Hagerman


Silla diseñada por Óscar Hagerman
Lo primero fue la silla. No la de Van Gogh, pero parecida, porque las sillas honestas, las puras se parecen entre sí.

–Al salir de la Universidad fui a trabajar a una cooperativa en Ciudad Nezahualcóyotl, que se llamaba Emiliano Zapata y les hice varios diseños de mobiliario. Ellos fabricaban cofres para difuntos (así les dice Óscar a los ataúdes) y ganaban muy poco, eran pequeñísimos sus márgenes de utilidad. Se animaron mucho con la idea de hacer muebles y durante casi seis años, además de diseñar, los ayudé a conseguir proveedores, cuidar sus máquinas y seguir todo el proceso.

–¿Y ahí inventarse la silla?

–Sí, les hice diseños de casi todas las piezas de una casa, comedor, sala, y una de ellas fue una silla para comedor que recibió un premio del Instituto Mexicano de Comercio Exterior. A la premiación vinieron unos artesanos de Opopeo, Michoacán, les gustó mucho y la compraron, la copiaron y la produjeron en su pueblo que es de carpinteros. Llevaron la estructura de madera a Tenango del Valle y, en la cárcel, los presos tejieron el asiento de palma y así consiguieron hacerla a muy bajo costo.

“Cuando les hice el diseño de la silla pensé en la silla tradicional, la de palo que hay en los pueblos, esa silla muy barata de pino que venden a 35 o 40 pesos, la que usan en su casa los campesinos de México.”

–Es como la silla de Van Gogh.

–Es como la silla del cuadro de Van Gogh. Mi diseño tiene mucho que ver con ella, pero cuidé la parte de su comodidad y su fabricación, que fue muy sencilla. Los artesanos la copiaron y la empezaron a vender en las banquetas, en los mercados, en las carreteras. Vendían cientos de miles de sillas.

–Ha de ser bonito, Óscar, pensar que en la casa de muchas familias se encuentra una silla que tú hiciste, en escuelas, en fondas, en mercados, en restaurantes, en salas de espera, en…

Cientos de miles de sillas Hagerman

“Siempre he pensado que tuvo una aceptación muy grande porque partí de la silla popular, que ya usaba la gente. Cuando la gente la vio, la reconoció como suya y la adoptó. Durante cinco años los talleres de Opopeo, Michoacán, produjeron muchísimas sillas. Era la pieza que más producían y vendían.”

He aquí la historia de la silla que es posiblemente uno de los muebles más reproducidos de la historia de México, casi como el metate.

El mobiliario, la más pequeña de las arquitecturas

–¿Por qué te atrajo el diseño?

–Desde que egresé de la Facultad de Arquitectura me interesó mucho el mobiliario, porque sentía que era la más pequeña de las arquitecturas. En aquel entonces empezaba la carrera de diseño en México.

–Clara Porset…

–Clarita trabajó también en el Instituto Mexicano de Comercio Exterior como asesora del departamento de diseño, con el arquitecto Raúl Henríquez, y fue en esa época que arrancaron las escuelas de diseño. Clarita dio clase muchos años en la Facultad de Diseño Industrial de la UNAM, es muy querida ahí. Fue una de las primera personas que trabajó el diseño de una manera profesional y académica en México.

Una silla que cambia la vida

Óscar Hagerman es a la arquitectura lo que John Berger a la literatura: esencial. Desde que se recibió como arquitecto de la Facultad de Arquitectura de su queridísima UNAM, se unió a los que están cerca de la tierra y viven de ella, es decir, a los más pobres. Nacido en La Coruña, España, en 1936, Óscar Hagerman vino a México cuando tenía 15 años, después de Cuba. Olvidó su parte escandinava, pero eso no quita que haya viajado varias veces a Suecia, la patria de su apellido: Hagerman. En México, la silla cambió su vida porque lo acercó a los que nada tienen. Descubrió entonces que lo que quería era compartir su vida. Su esposa, maestra y siquiatra, Doris Ruiz Galindo, y sus cinco hijos, Carlos, Gonzalo, Jerónimo, Lorenzo y Doris, le dieron a su vida otra finalidad, la del servicio, la entrega a los demás. Quisieron hermanarse con todos los hombres, sobre todo con los indígenas. Al Taller de Diseño para el Hombre pertenecieron todos, no porque trabajaran en él, sino porque compartieron su espíritu. Los cinco tienen conciencia social y saben lo que es dar.

A sus hijos, a sus ocho nietos, Óscar les da abrazos de oso, pero a nadie quiere tanto como a “los huicholitos” como él los llama. Son su familia, la tierra de su tierra, la madera de su árbol de la vida, el agua salada de sus lágrimas, la blancura de su risa. Lo acompañé un lunes en la mañana a la escuela de diseño de la UNAM y los alumnos lo buscaban también para abrazarlo. En esa facultad reina la armonía y se difunde el trabajo de Clara Porset, expuesto como un tesoro en uno de los salones. Los arquitectos consideran su legado como una gran fortuna, pero también admiran y quieren el legado de Óscar quien se ha alejado de la arquitectura monumental, de las torres que perforan el cielo, de proyectos aterradores, de malls y conjuntos marcianos. Óscar quiere que las casas canten.

–Edward James escribió: “Mi casa tiene alas y a veces en medio de la noche canta”, es muy bonita esta frase… Me gustaría que mi arquitectura tuviera alas para volar en el cielo de la realidad.

Un canto a la vida

“Yo creo que él era más poeta que arquitecto. Creo que es bueno estar en la realidad y al mismo tiempo en una fantasía, crear un mundo de imaginación y de poesía. De ahí que la casa cante. Por eso decía, siguiendo la frase de Edward James, que la arquitectura debe ser un canto a la vida, el canto de los que la habitan, porque lo más hermoso es que el proyecto salga de la gente. Conozco un ejemplo, en el archipiélago de Suecia, de una casa para dos señores mayores, quienes le pidieron al arquitecto que les hiciera una casa para retirarse y él con cariño y cuidado consideró todo lo que podía hacerles falta y le buscó un lugar a cada cosa. Ver cómo están integrados a su casa todos sus objetos es impresionante porque también en el jardín creó un lugar para tomar el café a mediodía, otro para ver el atardecer. Yo creo que eso es lo más hermoso de la arquitectura.

“En diseño industrial nos enseñan a buscar formas originales, pero la riqueza más grande es hacer un mundo que le pertenezca a la gente y lo sientan suyo porque eso es lo que da felicidad. Si tu casa no tiene que ver contigo no es nada.

“En la escuela debería de haber una materia que nos enseñara cómo relacionarnos, cómo comprender lo que la gente necesita, y para eso hay que aprender a escuchar”.

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